Archivo para 29 enero 2010

the book of Daniel

Tengo mis sentidos exacerbados. Rondo por la casa percibiendo las distintas luces del día. Bebo el aire. Saboreo la comida que como. Cada momento de mi vigilia se ha intensificado y sé exactamente qué ocurre. Una gigantesca máquina ocular, como el misterioso aparato negro en el planetario de Hayden con los dos extremos en forma de escafandra y los remaches negros y las patas de insecto, dirige lentamente su haz planetario hacia nosotros. Y eso es lo que trae el cielo oscuro y el tiempo frío. Y cuando llegue a nosotros, se dentendrá, como el reflector de un campo de concentración nazi. Y quedaremos inmovilizados, como la mujer lanzada por encima de la valla del patio del colegio, entre la sangre y la leche mezcladas y las botellas rotas. Y a nosotros la sangre nos dolerá como si hubiera en ella cristales. Y bajo el haz de luz hará calor y nuestra casa olerá y humeará y adquirirá un color marrón en los bordes y arderá succionada por un gran estallido de llamas.
Y eso es exactamente lo que ocurre.

E.L. Doctorow, El libro de Daniel. Miscelánea, 2009.

Salinger is dead.

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno.

Descanse en paz, Jerome David, y a ser posible en lugar desconocido.

de tripas corazón

Una semana después del entierro de Liam, observo el cuerpo de mi marido. Dormido. Vivo. Necesito verlo entero. Es una noche cálida. Retiro rápidamente las mantas y él se mueve y enseguida vuelve a quedarse quieto.
Tom está triste mientras duerme. Tiene las manos juntas bajo la barbilla. Sus piernas son tan largas y recias que, más que doblarse, parecen partirse a la altura de la rodilla. El hueco bajo las costillas asciende levemente hacia una barriga pequeña, y el cojín del escroto descansa en la V de sus muslos. Tiene la piel muy blanca.
Recuerdo haber hecho el amor con este cuerpo: una nube de vello alrededor del puente del pene, cuando lo miraba desde arriba; la pequeña bóveda de la axila, como una nave sin iglesia, cuando lo miraba desde abajo. Eso fue en los primeros tiempos, cuando nunca nos saciábamos el uno del otro y él seguía una línea de lunares alrededor de mi cuerpo, haciéndome rodar mientras avanzaba, hasta que yo caía de la cama al suelo.
Recuerdo el tamaño y la firmeza de sus clavículas bajo la camisa una noche de lluvia, en los primerísimos días, cuando no se trataba tanto de hacer el amor como de matar al otro o dejarse matar.
Y ahora está aquí, en nuestra cama, vivo todavía. El aire entra y sale de sus pulmones. Las uñas de los pies le crecen. Sus cabellos encanecen en silencio.
La última vez que lo toqué fue la noche del velatorio de Liam. No sé qué me pasa desde entonces, pero ya no creo en el cuerpo de mi marido.

Anne Enright, “El encuentro“, Lumen, 2009.

Nuevas adquisiciones

Mañana toca ordenar:

optimismo

Las alas batían de nuevo. Volando por encima de la montaña, sobre el tejado de la casa y la cabeza de una niña, arriba, en el aire azul, las palomas habían formado un grupo y se movían rápidamente como si fueran un solo pájaro. Como una gran sábana azotada por el viento, aleteaban junto a sus orejas. Bajaban hasta los pies de Laurel y caminaban por la ladera. Laurel tenía miedo de ellas, pero en casa le habían dado galletas de la mesa para que pudiera echarles miguitas. Ellas nadaban alrededor, opalescentes y robustas, con sus rosadas patas de reptiles, cada una un poco distinta del resto y cada cual emitiendo un murmullo suave, como el de las personas.

Laurel se quedaba allí, paralizada por el miedo, sujetando una galleta en un gélido gesto de socorro.

“¡Pero si sólo son las palomas de la abuela!”

Su abuela alisaba el pelo rebelde de Laurel y se lo colocaba detrás de las orejas: “Sólo tienen hambre”.

Pero Laurel había estado observando atentamente a las palomas en su palomar y ya había visto a un par de ellas peleándose con el pico e hiriéndose en el cuello, provocando las arcadas de la otra, comiéndose los vómitos de la otra, tragándose todo lo que ya había sido ingerido, una vez más: se turnaban. La primera vez que lo vio, Laurel confió en que no lo volvieran a hacer más, pero al día siguiente volvieron a hacerlo, y otras palomas las imitaron. Al verlas, se convenció de que no podían ahuyentarse las unas a las otras y que tampoco podían huir. Así que cuando las palomas volaban bajo, ella corría a colocarse detrás de la falda de su abuela, que era larga y negra, pero su abuela siempre le decía: “¡Pero si sólo tienen hambre, como nosotros!”

Del mismo modo que Laurel sabía que los ríos corren claros y cantan sobre las rocas, su madre ignoraba que las palomas de la abuela ardían en deseos de arrancarse las lenguas unas a otras.


Eudora Welty, La hija del optimista, Ed. Impedimenta.

el judío de ayer

Ya no soy joven. Estoy sentado en el balcón de mi piso en Viena –¡Viena, mi sueño dorado de siempre!–;estoy tomando un café con leche y pienso en las cosas de la vida. Alrededor de mi cabeza calva, a contraluz del sol poniente, fulge una corona de pelo que alguna vez –no sé si te acuerdas–, era de color cobrizo. Algún autor de inclinaciones líricas lo asemejaría a la aureola de un santo, pero ya que me tengo por un pecador que por pura casualidad ha sobrevivido al desastre de Sodoma Y Gomorra, me recuerda más bien a un anillo de Saturno. Porque, ¿qué será este anillo sino los restos de mundos antiguos, de asteroides y planetas, hechos añicos como antiguos objetos de barro?

El Pentateuco de Isaac, Angel Wagenstein, Libros del Asteroide