Archivo para 17/01/10

optimismo

Las alas batían de nuevo. Volando por encima de la montaña, sobre el tejado de la casa y la cabeza de una niña, arriba, en el aire azul, las palomas habían formado un grupo y se movían rápidamente como si fueran un solo pájaro. Como una gran sábana azotada por el viento, aleteaban junto a sus orejas. Bajaban hasta los pies de Laurel y caminaban por la ladera. Laurel tenía miedo de ellas, pero en casa le habían dado galletas de la mesa para que pudiera echarles miguitas. Ellas nadaban alrededor, opalescentes y robustas, con sus rosadas patas de reptiles, cada una un poco distinta del resto y cada cual emitiendo un murmullo suave, como el de las personas.

Laurel se quedaba allí, paralizada por el miedo, sujetando una galleta en un gélido gesto de socorro.

“¡Pero si sólo son las palomas de la abuela!”

Su abuela alisaba el pelo rebelde de Laurel y se lo colocaba detrás de las orejas: “Sólo tienen hambre”.

Pero Laurel había estado observando atentamente a las palomas en su palomar y ya había visto a un par de ellas peleándose con el pico e hiriéndose en el cuello, provocando las arcadas de la otra, comiéndose los vómitos de la otra, tragándose todo lo que ya había sido ingerido, una vez más: se turnaban. La primera vez que lo vio, Laurel confió en que no lo volvieran a hacer más, pero al día siguiente volvieron a hacerlo, y otras palomas las imitaron. Al verlas, se convenció de que no podían ahuyentarse las unas a las otras y que tampoco podían huir. Así que cuando las palomas volaban bajo, ella corría a colocarse detrás de la falda de su abuela, que era larga y negra, pero su abuela siempre le decía: “¡Pero si sólo tienen hambre, como nosotros!”

Del mismo modo que Laurel sabía que los ríos corren claros y cantan sobre las rocas, su madre ignoraba que las palomas de la abuela ardían en deseos de arrancarse las lenguas unas a otras.


Eudora Welty, La hija del optimista, Ed. Impedimenta.