Archivo para 28 junio 2010

mapa del alma humana

Me acuerdo de un sueño en el que conocía a un hombre hecho de un queso amarillo muy blando, y cuando fui a darle la mano, me quedé con todo su brazo.

Joe Brainard, Me acuerdo. Sexto Piso, 2009.

Perú es una hazaña

y creo que no me di cuenta de que todo aquello era real hasta que la chica dijo Perú.

Es que era difícil de creer.

Gordon Lish, Perú. Periférica, 2009.

la herencia oral y la huidiza verdad

Cuando se separó de Dora Swivel, la mujer le regaló una fotografía de ella misma. Estuvo a punto de devolvérsela, al considerar que no era justo aceptarla; si bien le encantaba su mullido y cálido cuerpo, no se imaginaba un futuro junto a alguien que no sabía leer y apenas escribir su nombre, aunque se le daban muy bien las sumas y las restas. Pero algo le llevó a guardar el pequeño medallón con el retrato de la mujer, tan sencilla y firme, con la ancha cara simétrica debajo de una severa raya en mitad de su cabellera. Era como si tuviera el presentimiento de que se embarcaba en un viaje que le llevaría al borde de la locura y que necesitaría el sólido peso de su mirada para sujetarle.

Louise Erdrich, Plaga de palomas. Siruela, 2010.

a la cara

Dejé la nota a un lado y ensarté un trozo de melón anémico con el tenedor. Me lo quedé mirando y luego volví a dejarlo en el plato. Me pregunté brevemente por qué había pedido aquella deslucida ensalada de frutas. Sinceramente, con todo lo que había pasado y seguía pasando, no tenía demasiado sentido seguir respetando mi dieta. ¿Quién tiene tiempo para preocuparse por el tamaño de su culo cuando está ocupada intentado mantenerlo fuera de la cárcel?

Christa Faust, A la cara. Valdemar / Es Pop.

espejos

Y quisimos dormir el sueño bárbaro,
negar devotos párpados y el rubor de las damas de satén y jardín,
luchar con hordas bondadosas de búfalos,
dormir eras diurnas y perdidas sobre locomotoras de música brillante,
que adornara con moras los vestidos el implacable dinosaurio obispal,
el búho cárdeno y la tristeza,
chimeneas como tubos de un órgano barroco,
música pterodáctilo: sus alas grandes pobladas de truenos,
su espalda cíclope
de reactor clavecín.

Y quisimos dormir sobre un verso nervioso del rayo,
sobre el óleo morado de las carbonerías,
sin nanas de corcheas, corcheas auténticas,
acuarelas de lilas posesivas como una bendición.

Y quisimos dormir con la métrica rara del raro maremoto
y con la lengua llena de espuma de colegio.
Es así, nos dijimos, la tímida muerte,
es así la tímida vida,
no el éxtasis, sino el encaje oscuro del salitre
dibujando libélulas y árboles de tinta,
saliva que no escribe dorados serventeios*
ni plata de alquitrán.

Y quisimos dormir así, vértigos-velas para llegar adónde,
pero escuchadme, cómo hacer de otro modo,
cómo hacer de la tarde un pálido papel para rasgar o estucarlo con oros,
cómo hacer mutaciones, piedras filosofales,
y cómo apoderarse de algas y catedrales y de la lágrima de luz y terciopelo de la virgen Virginia que alienta los silencios,
que ondea disfrazada de Ofelia por los lagos.

No tuvimos cavernas palaciegas, ni manuscritos en cuevas ni palomas,
sólo balcones para inventar tormentas y desatar el espectáculo,
sólo vagos balcones donde el labio de las plantas humea
y saja el corazón y lo secciona en láminas de muerte repentina,
en las antiguas láminas de mica
que, ya lo dije, irradia angustia, espejos.

Blanca Andreu, de “El sueño oscuro“. Hiperión, 1994.