la herencia oral y la huidiza verdad

Cuando se separó de Dora Swivel, la mujer le regaló una fotografía de ella misma. Estuvo a punto de devolvérsela, al considerar que no era justo aceptarla; si bien le encantaba su mullido y cálido cuerpo, no se imaginaba un futuro junto a alguien que no sabía leer y apenas escribir su nombre, aunque se le daban muy bien las sumas y las restas. Pero algo le llevó a guardar el pequeño medallón con el retrato de la mujer, tan sencilla y firme, con la ancha cara simétrica debajo de una severa raya en mitad de su cabellera. Era como si tuviera el presentimiento de que se embarcaba en un viaje que le llevaría al borde de la locura y que necesitaría el sólido peso de su mirada para sujetarle.

Louise Erdrich, Plaga de palomas. Siruela, 2010.

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