Archivo para 31 julio 2010

Hay muchas historias que pueden ser contadas, pero sólo algunas merecen ser verdad:

Ya ves, le dije a Kamilka, si hubiéramos tenido el dinero de papaíto, habríamos podido pagar al socio y no habríamos tenido que cargárnoslo.

¿Pero sabes qué? dijo Kamilka. De este modo me gusta más. Me siento como una princesa azteca. Durante los ritos iniciáticos de las princesas aztecas no podían faltar sacrificios humanos.

Levanté la cabeza sorprendido.

El firmamento nocturno había sido barrido con esmero y sobre nuestras cabezas se esponjaba la luna como la masa para una tarta nupcial.

Jirí Kratochvil, En mitad de la noche un canto. Impedimenta.

la necesidad de los demás

En “Tierra de hombres“, Saint-Exupéry cuenta cómo el piloto Henri Guillaumet se perdió con su avión en la cordillera de los Andes. Caminó en línea recta durante tres días en medio de un frío glacial. Finalmente cayó, de cara, en la nieve. Aprovechó ese respiro inesperado y comprendió que si no se incorporaba de inmediato, no lo haría nunca. Pero, agotado hasta la médula, no tenía ganas. Prefería la idea de una muerte dulce, indolora, tranquila. En su cabeza ya se había despedido de su esposa e hijos. En su corazón había sentido por última vez su amor por ellos. Después, se apoderó de él un pensamiento: si no encontraban su cuerpo, su esposa debería esperar cuatro años antes de poder cobrar el seguro de vida. Abrió los ojos, y entonces vio un roquedal que emergía de la nieve a cien metros de donde se encontraba. Si conseguía arrastrarse hasta allí, su cuerpo sería un poco más visible. Tal vez le descubrirían antes. Por amor a los suyos se incorporó y volvió a caminar. Pero entonces ya se hallaba poseído por ese amor. No se detuvo, y recorrió más de cien kilómetros en la nieve antes de alcanzar un pueblo. Más tarde, diría: “Ningún animal en el mundo habría hecho lo que yo hice”. Porque su supervivencia había dejado de ser motivo suficiente, pero su conciencia de los demás, su amor, le había dado la fuerza para continuar.

David Servan-Schreiber, Curación Emocional. Editorial Kairós.

mirando el techo

Cuando tú me muerdes el corazón
yo me muerdo las uñas.

Antonio G. Villarán, Nocaut. El Cangrejo Pistolero.

aliento lírico y profundo romanticismo

Esa noche permanecimos en silencio con el televisor todavía encendido, su resplandor oscilando en las paredes de la habitación a oscuras. Yo miraba, fascinado por las imágenes así como por el acto sosegado y sin prisas al que estábamos entregados. De adolescente solía imaginar a adultos en escenas como esa. Una parsimonia absoluta. Un movimiento respetuoso, ajeno a todo, aplomado. Ella se contorsiona como una serpiente moribunda, como una mujer en un manicomio. Todo y nada, y entretando el cohete invencible, devorando los kilómetros, volando pesado como el plomo a través de los minutos reales y los sueños de la humanidad.

James Salter, “Quemar los días“. Ediciones Salamandra.

cuéntame un cuento

Cuando el turco leyó sobre el suicidio, dijo con voz pausada y enferma: “Me quería”. Se emborrachó y deambuló por las calles buscando pelea, pero, con su aspecto vicioso y profundamente desgraciado, chocar con desconocidos y escupir a sus pies no resultaba lo bastante provocativo para ganarse un puñetazo, un insulto, o un empujón. Terminó la noche en un campo de rastrojos rascando un roble con las uñas, meciéndose en sus raíces, machacando la hierba y maldiciendo el origen de las cosas hasta que Melanie se elevó tímida y suavemente del rocío. De entrada se negó a reconocer su presencia, pero luego no pudo soportar su mirada silenciosa y le gritó furioso en turco. Ella se acercó más. Él la tomó en sus brazos y rodaron por la hierba, hasta que se encontró gritando entre dientes, porque, por mucho que se colmara de ella, estaba muerta.

Leonard Michaels, Los cuentos. Editorial Lumen.