Archivo para 27 octubre 2010

los cachorros de la guerra

–Hace frío–dijo Marge.
Hicks encontró el interruptor de la calefacción al lado de la puerta del cuarto de baño y lo puso al máximo. Le resultaba difícil apartar la vista de las olas.
–Hay que joderse con el puñetero viento–protestó ella.
Se sentó en la cama cerca de Marge y le dio un masaje en los hombros, pero su cuerpo siguió tenso. No tenía modo de saber hasta qué punto estaba enferma de verdad. Durante un tiempo Hicks había fumado mucho opio, pero no le había costado demasiado dejarlo. No sabía nada del dilaudid.
–Escúchalo–dijo Marge–. Es pura crueldad.

Robert Stone, Dog Soldiers. Libros del silencio.

Otros, en sus memorias, acaso se hubiesen quedado a plantar cara, y no cabe duda de que si esas memorias estuvieran escritas acaso se hubiesen salido con la suya. Por otra parte, yo soy un poeta que tiene la verdad por constante compañera, por amante fiel y por camarada de armas, así que eché a andar y práctimente a correr, y fui corriendo precisamente a donde me dijeron que debería estar. A fin de cuentas, ¿qué orgullo se puede tener con la nariz sangrando, con el labio partido, con el ojo morado? Para el poeta no hay más orgullo que el que se tiene cuando uno vive para contarlo.

Peter Manseau, La biblioteca de los sueños rotos. Duomo Ediciones.

The Cavafis Murder Experience, en acción.

La Poesía te llama ¡Acude a su llamada!

Si alguna vez La Poesía hizo algo por ti
¡Difunde su palabra!

la bella y la bestia

Rimbaud sería sin duda despiadado si fuera un verdadero asesino. Una vez hizo que Verlaine jugara un “juego” en el que este ponía la mano abierta en la mesa y Rimbaud apuñalaba la madera entre sus dedos. Verlaine pensaba que el propósito del juego era que él no se inmutaría, que confiaría en Rimbaud. Pero Rimbaud sencillamente le apuñaló la muñeca.

Rimbaud, Edmund White. Lumen.