Archivo para 24/01/11

Estar para ver. Ver para creer.

Seis meses estuve de guardavía. Yo hubiese dimitido con mucho gusto, aunque me hubiese quedado sin comer, pero los bolcheviques no aceptaban que uno anduviese garbeándose lo que pudiera. Me daban tres mil rublos de jornal al mes y el bono de comida para dos personas. Consistía la comida en dos terrones de azúcar, unas hojas de té y un puñadito de arroz. Tenía derecho, además, a cinco libras de pan, pero era un pan tan malo, tan repugnante, que casi no se podía comer; era una masa casi cruda, a la que le salía un moho verde si se dejaba de un día para otro; cuando tenía dos o tres días, hasta le salían barbas. Al mascarlo se encontraba uno, a veces, con la boca llena de perdigones que le echaban a la masa para que pesase más. También entre los panaderos bolcheviques había saboteadores y ladrones, como los había en todo.
La miseria en que vivíamos era tan grande que nos comíamos aquel pan repugnante como si fuesen tortitas. Y aún teníamos que partirlo con el madrileño Zerep, que pasaba todavía más hambre que nosotros.
Las cosas iban de mal en peor. El sabotaje en la estación era tan escandaloso que no sé ni cómo andaban los trenes. Si en todas las estaciones se robaba como en la de Kiev, no me extraña que en Moscú se muriesen de hambre; no debía de llegarles nada.

El maestro Juan Martínez que estaba allí, Manuel Chaves Nogales. Libros del Asteroide.