Archivo para 26 febrero 2011

profeta en su tierra

Ella, mamá, se quedó en su habitación, con la mirada perdida. Mis llantos de recién nacido nunca agitarían el aire inmóvil del antro donde ella se agazapaba como un fósil. Pero su mirada de desencanto cruzaba el pasillo y atravesaba las gruesas paredes de las dos habitaciones para posarse sobre mí, exclusivamente sobre mí. Su mirada insomne.

Ella, mamá, empezó a culparme. Mis ojos abiertos prematuramente le echaron por tierra su mejor sueño de mujer frustrada: aquel largo, larguísimo y negro viaje hacia el milagro.

Sé que nunca he querido a mamá. Mis sentimientos hacia ella han sido más bien lo contrario del amor. Pero cuando lo pienso, noto como una profunda angustia que me contrae el estómago: imagen de pulpo en mis sueños. No sé por qué. (A lo mejor, simplemente, porque ya está muerta.)

Agustín Gómez Arcos, El cordero carnívoro. Cabaret Voltaire.

Rústico gamberro

Me tapé la cabeza con la fina sábana y me metí los dedos en la boca. Un sabor dulce y salado me hizo escocer el labio partido y se esparció por mi lengua. Era la sangre del otro chico, que yo todavía tenía en las manos.

Mientras la cama de mis padres aporreaba con fuerza el suelo de la habitación contigua, yo me lamí la sangre de los nudillos. Los grumos secos se me disolvieron en la boca y convirtieron mi saliva en sirope. Aun después de tragarme toda aquella sangre, me seguí lamiendo las manos. Quería más. Ya siempre querría más.

Donald Ray Pollock, Knockemstiff. Libros del silencio.

Del misterio, los monstruos marinos y la memoria de la Tierra.

El capitán Mark Delumba apaga su cigarrillo en una taza de café sucia y luego fija el rumbo, siempre el mismo y siempre distinto. El sol desaparece cuando perdemos de vista el Monumento de los Peregrinos, que se desvanece entre la espesa niebla; los sonidos llegan más apagados a medida que la tierra se aleja al son de una sirena. Hoy somos pioneros; los demás buques seguirán nuestras huellas de agua, con su carga humana de padres e hijos, amantes y solitarios, seres perdidos y encontrados, todos en busca de algo.

Philip Hoare, Leviatán o la ballena. Ático de los libros.

Esta es mi vida. Si no les gusta, tengo otras.

Ahora he descubierto que el Stradivarius Rex no es ningún invento. Existe. Soy yo: un violín de coleccionista, una joya. Desafinado y podrido. Demasiada vida a cuestas. Demasiados siglos, milenios. Un dinosaurio del jurásico que hubiese llegado al 2005 no se sentiría más viejo que yo. Tampoco se sentiría más tonto. Más frustrado. Porque un dinosaurio es una bestia enorme y patosa y punto, no puede estar frustrado. Yo sí, porque quise hacer música, sonar como un violín maravilloso. Quise ser premio Nobel sin tener ni puta idea de nada. Quise ser el mejor en muchas cosas, pero tenía un problema genético: desconocía el alcance de mi ignorancia.


Stradivarius Rex, Roman Piña. Editorial Sloper.