Archivo para 21 marzo 2011

esquivar un coche fúnebre

También él se agachó sobre el arroyo y se lavó la cara. Cuando se levantó la vio resplandeciente. Le pareció que por primera vez desde que la conocía miraba aquel rostro no como algo que se codicia, sino como algo que se comprende, como algo que se regala.

Andrés Barba, Muerte de un caballo. Editorial Pre-textos.

si alguien quiere darte un disgusto, no lo cojas.

Luego, después de haber caminado durante al menos una hora, habíamos ido a parar a un campo, a doscientos o trescientos metros de unos edificios en construcción, donde nos habíamos besado y habíamos estado rodando por la hierba, hasta que yo, que padecía una fuerte alergia al polen, entre la emoción que me producía estar con ella, las flores que había entre la hierba y mi respiración agitada, había empezado a hincharme, y mi piel a jaspearse de un modo que daba asco verme, y a ahogarme a causa del asma, y así, de repente, mientras le decía que tenía que irme cuanto antes de aquel campo para no morir ahogado, nos dimos cuenta de que eran ya las cinco de la tarde, porque aquel día la luz era una verdadera locura y no se iba nunca, y lo cierto es que ninguno de los dos se hubiera podido imaginar nunca que habíamos estado seis o siete horas dándonos el lote.

Ugo Cornia, Sobre la felicidad a ultranza. Editorial Periférica.

Canas al aire.

Aunque esto me atormentó durante algún tiempo, al final comprendí que obsesionarse con distinguir nítidamente entre realidad e imaginación era un error operativo y conceptual que además conducía a la neurosis. Entendí que era más razonable -y también más exacto- considerar que la imaginacióin es un sexto sentido, tan fidedigno o engañoso como los demás. Al fin y al cabo, la vista también nos juega a veces malas pasadas. Hasta la razón nos resulta en ocasiones poco fiable, sin que por ello desconfiemos por principio de nuestros análisis o nos arrepintamos de tener circunvoluciones cerebrales. Cada vez me preguntaba menos si lo que veía cuando miraba una situación o me fijaba en un individuo, si todo lo que sabía de esa manera tan natural era verdad o mentira. Aprendí también a controlar los flujos de información y a cerrar la llave de paso cuando el torrente crecía demasiado y amenazaba con arrastrarme. Y dejé de torturarme. Bien utilizados, los datos imaginarios podían ser tan últiles como los que me suministraba el resto de mis sentidos o mi propia razón. Empecé a disfrutar de lo que imaginaba y a descubrir sus ventajas.

Antonio Orejudo, Un momento de descanso. Tusquets Editores.