Canas al aire.

Aunque esto me atormentó durante algún tiempo, al final comprendí que obsesionarse con distinguir nítidamente entre realidad e imaginación era un error operativo y conceptual que además conducía a la neurosis. Entendí que era más razonable -y también más exacto- considerar que la imaginacióin es un sexto sentido, tan fidedigno o engañoso como los demás. Al fin y al cabo, la vista también nos juega a veces malas pasadas. Hasta la razón nos resulta en ocasiones poco fiable, sin que por ello desconfiemos por principio de nuestros análisis o nos arrepintamos de tener circunvoluciones cerebrales. Cada vez me preguntaba menos si lo que veía cuando miraba una situación o me fijaba en un individuo, si todo lo que sabía de esa manera tan natural era verdad o mentira. Aprendí también a controlar los flujos de información y a cerrar la llave de paso cuando el torrente crecía demasiado y amenazaba con arrastrarme. Y dejé de torturarme. Bien utilizados, los datos imaginarios podían ser tan últiles como los que me suministraba el resto de mis sentidos o mi propia razón. Empecé a disfrutar de lo que imaginaba y a descubrir sus ventajas.

Antonio Orejudo, Un momento de descanso. Tusquets Editores.

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