Posts Tagged 'angel wagenstein'

educación libre

En torno a la isla del Zar –pues así seguía llamándola la gente, pese a la agria reprobación de algunos republicanos– había pequeñas calas abrigadas donde se escondían pozas sombrías y profundas, oscuras y tan tentadoras como peligrosas. El Borrachón pensaba que yo no las conocía y, con la satisfacción de un explorador introduciéndome en las misteriosas profundidades de los cálidos mares del Sur, me permitió zambullirme en ellas, por supuesto bajo su mirada vigilante. Él ni sospechaba cuántas clases de búlgaro o de aritmética me había costado la habilidad de deslizarme con los ojos abiertos bajo la superficie del agua, agarrándome a las raíces de los álamos a lo largo del río. Después de colocar mis gafas encima de mi ropa y mi cartera escolar junto a la orilla, me encantaba hundirme en lo profundo del frescor transparente para observar a los pececillos que, asustados, desaparecían por algún agujero levantando pequeñas nubecillas de arena.

Supongo que debió ser entonces cuando falté a las lecciones sobre las declinaciones, los participios y las ecuaciones de segundo grado, porque incluso hoy me cuesta apañármelas en estas materias. Desde luego, esto no me impidió vivir; mucho más dramáticas habrían sido para mí las consecuencias de no haber observado embelesado los peces juguetones que se sumergían en la arena del fondo, entre los reflejos movedizos del sol.

Angel Wagenstein, Lejos de Toledo, Libros del Asteroide, 2010. 18,95€

Parole, parole, parole

Sin ser el único, el caso de la nave Saint Louis fue suficientemente significativo. Con la benévola anuencia de las autoridades nazis, para las cuales la versión inicial de la “solución final” significaba pura y simplemente la expulsión de todos los judíos fuera de las fronteras del Reich, tanto más que en un futuro próximo éstas debían coincidir con los límites de Europa, el barco zarpó de Hamburgo y puso proa rumbo a Cuba, abarrotado de emigrantes en las bodegas. Las autoridades cubanas se negaron a dejarlo siquiera acercarse al puerto de La Habana y tras dos semanas de insistentes gestiones, el buque se vio obligado a salir de las aguas territoriales de la isla caribeña y continuar hacia los Estados Unidos. Allí el presidente Roosevelt, a quien los fugitivos habían dirigido un radiograma desesperado, permaneció largo tiempo sordo a sus súplicas, maniatado por los lobbies del Senado. En su decisión, por cierto, desempeñó un papel nada despreciable el mensaje de varias organizaciones judías norteamericanas que llamaron la atención al presidente sobre la injusticia que se cometería si se autorizaba la aparición de competidores en actividades tradicionales de su comunidad, sobre todo después del profundo trauma que la economía norteamericana había sufrido durante la Gran Depresión, aún recordada por todos. Estas organizaciones advirtieron también sobre el peligro de propagación del comunismo en los Estados Unidos a través de los judíos alemanes, muchos de lo cuales eran de izquierdas. . Mister Goldsmith, propietario de una pequeña fábrica de confección en Detroit, no tenía nada en contra de su congénere Herr Goldschmidt, fabricante de confección en Colonia, incluso estaría dispuesto a firmar una petición en defensa de los judíos alemanes, pero él no quería verlos como competidores de su pequeño negocio en Norteamérica, por cuya prosperidad habían sudado la gota gorda tres generaciones de Goldsmith. Semejantes motivos explicaban también el comportamiento de la embajada norteamericana en Berlín, que, si bien de forma oficiosa y delicada, sugería a la cúpula nazi que sería deseable desalentar a las personas contagiadas por la fiebre emigrante de su anhelo de obtener un trocito, aunque fuera siquiera una migaja, del sueño americano.

Por fin, llegó a bordo la respuesta de Roosevelt, algo atribulada, pero no por ello menos contundente: no sería admitida en los Estados Unidos una nueva oleada de inmigrantes procedentes de Alemania. Entonces el Saint Louis se deslizó hacia abajo, rumbo a las costas del Nuevo Mundo, pero México, Chile, Argentina y todos los demás países a los que se dirigió respondieron con una negativa. La explicación oficial fue que la cuota de inmigrantes extranjeros estaba cubierta desde hacía tiempo.
Después de haber deambulado varios meses por los azimuts del humanitarismo y la solidaridad, el capitán del Saint Louis puso proa hacia atrás, hacia la buena vieja Europa. Pero las buenas viejas Francia e Inglaterra ni siquiera se tomaron la molestia de responder a las súplicas de acceso a sus puertos continentales o a los de sus colonias y dominios. En Italia ya estaban en vigor las leyes antisemitas que prohibían dar acogida a inmigrantes judíos. Suiza expedía sólo visados de tránsito sin derecho a residencia; Bélgica y Holanda contestaron amablemente que estaban dispuestas a acoger hasta… doscientas personas. De Ámsterdam llegó volando precipitadamente también la contundente negativa de autorizarlos a asilarse en Surinam, Curaçao o cualquier otro dominio colonial holandés.
Igual de tajante fue la negativa de los soviéticos. Los fugitivos, de todos modos, no sentían demasiadas ganas de obtener asilo soviético: allí acababan de causar estragos la enésima oleada de procesos y purgas, mientras que los pogromos y persecuciones abiertas o secretas en las zonas de población judía de Ucrania y Bielorrusia, algo aplacadas después de la Revolución de 1917, se habían reanudado con creciente ensañamiento. Los fusilamientos de los miembros del Comité Antifascista Judío y de los “asesinos en batas blancas” estaban todavía en el futuro pero su lejano retumbar ya flotaba en el aire…

Finalmente, el buque fantasma se vio obligado a volver a Hamburgo.
El epílogo de este cuento se puede hallar en los archivos de Auschwitz y Treblinka.

Adiós, Shanghai, Angel Wagenstein, Libros del Asteroide

el judío de ayer

Ya no soy joven. Estoy sentado en el balcón de mi piso en Viena –¡Viena, mi sueño dorado de siempre!–;estoy tomando un café con leche y pienso en las cosas de la vida. Alrededor de mi cabeza calva, a contraluz del sol poniente, fulge una corona de pelo que alguna vez –no sé si te acuerdas–, era de color cobrizo. Algún autor de inclinaciones líricas lo asemejaría a la aureola de un santo, pero ya que me tengo por un pecador que por pura casualidad ha sobrevivido al desastre de Sodoma Y Gomorra, me recuerda más bien a un anillo de Saturno. Porque, ¿qué será este anillo sino los restos de mundos antiguos, de asteroides y planetas, hechos añicos como antiguos objetos de barro?

El Pentateuco de Isaac, Angel Wagenstein, Libros del Asteroide


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