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Invisibles pero legibles.

Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isadora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracoles marinos, donde se fabrican según las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres encuentra siempre una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas sangrientas entre los apostadores. Pensaba en todas estas cosas cuando deseaba una ciudad. Isadora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isadora llega a avanzada edad. En la plaza está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos.

Italo Calvino, Las ciudades invisibles. 13,90€, sin gastos de envío, cortesía de Librería Zebras.

por primera vez en nuestro escenario

En una ciudad de doce mujeres había una decimotercera. Nadie admitía que vivía allí, no recibía cartas, nadie le hablaba, nadie preguntaba por ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie le devolvía la mirada, nadie llamaba a su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el día nunca amanecía para ella, el sol nunca brillaba para ella, la noche nunca caía para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no corrían; su casa estaba sin numerar, su jardín sin cuidar, sin pisadas su camino, sin sueño su cama, sin comer su comida, sin arrugas su ropa; y, a pesar de todo, seguía viviendo en la ciudad sin resentimiento por lo que la ciudad le hacía.

Lydia Davis, Cuentos Completos, Seix Barral. 28€, gastos de envío gratuítos en Librería Zebras.

yo también quiero que un búfalo de agua me señale el camino

Cuando era niño, un gran búfalo de agua vivía en el solar vacío que estaba al final de nuestra calle, el que estaba lleno de hierbas que nunca nadie cortaba. Dormía casi todo el día e ignoraba a quienes pasaban por delante de él, al menos que se nos ocurriera detenernos y pedirle una dirección. Cuando eso ocurría, se nos acercaba lentamente, levantaba la pezuña izquierda y señalaba la dirección correcta. Sin embargo, nunca decía qué señalaba, o hasta donde debías caminar, o qué se suponía que debías hacer una vez allí. De hecho, nunca decía nada porque los búfalos de agua son así, detestan hablar. Todo eso era demasiado frustrante para la mayoría de nosotros. Cuando a alguien se le ocurría “consultar al búfalo”, nuestro problema ya solía ser urgente y requería una solución simple e inmediata. Al final dejamos de ir a verlo y creo que poco después se marchó. En el solar sólo se veía la hierba alta.

Y es una pena, la verdad, porque cada vez que habíamos seguido su pezuña puntiaguda habíamos quedado sorprendidos, aliviados o encantados con lo que habíamos encontrado, y cada vez nos hacíamos la misma pregunta: ¿cómo lo sabía?

Cuentos de la periferia, Shaun Tan. Bárbara Fiore Editora.

los cachorros de la guerra

–Hace frío–dijo Marge.
Hicks encontró el interruptor de la calefacción al lado de la puerta del cuarto de baño y lo puso al máximo. Le resultaba difícil apartar la vista de las olas.
–Hay que joderse con el puñetero viento–protestó ella.
Se sentó en la cama cerca de Marge y le dio un masaje en los hombros, pero su cuerpo siguió tenso. No tenía modo de saber hasta qué punto estaba enferma de verdad. Durante un tiempo Hicks había fumado mucho opio, pero no le había costado demasiado dejarlo. No sabía nada del dilaudid.
–Escúchalo–dijo Marge–. Es pura crueldad.

Robert Stone, Dog Soldiers. Libros del silencio.

The Cavafis Murder Experience, en acción.

La Poesía te llama ¡Acude a su llamada!

Si alguna vez La Poesía hizo algo por ti
¡Difunde su palabra!

mapa del alma humana

Me acuerdo de un sueño en el que conocía a un hombre hecho de un queso amarillo muy blando, y cuando fui a darle la mano, me quedé con todo su brazo.

Joe Brainard, Me acuerdo. Sexto Piso, 2009.

Perú es una hazaña

y creo que no me di cuenta de que todo aquello era real hasta que la chica dijo Perú.

Es que era difícil de creer.

Gordon Lish, Perú. Periférica, 2009.

la herencia oral y la huidiza verdad

Cuando se separó de Dora Swivel, la mujer le regaló una fotografía de ella misma. Estuvo a punto de devolvérsela, al considerar que no era justo aceptarla; si bien le encantaba su mullido y cálido cuerpo, no se imaginaba un futuro junto a alguien que no sabía leer y apenas escribir su nombre, aunque se le daban muy bien las sumas y las restas. Pero algo le llevó a guardar el pequeño medallón con el retrato de la mujer, tan sencilla y firme, con la ancha cara simétrica debajo de una severa raya en mitad de su cabellera. Era como si tuviera el presentimiento de que se embarcaba en un viaje que le llevaría al borde de la locura y que necesitaría el sólido peso de su mirada para sujetarle.

Louise Erdrich, Plaga de palomas. Siruela, 2010.

dientes blancos

–Está suicidándose, abba.
–¿Qué?
Arshad se encogió de hombros.
–Le he gritado por la ventanilla que se fuera, y me ha contestado: “Déjame en paz, estoy suicidándome.” Eso ha dicho.
–En mi establecimiento no se suicida nadie–dijo tajantemente Mo bajando la escalera–. No tenemos licencia para eso.
Una vez en la calle, Mo avanzó amenazador hacia el coche de Archie, quitó de un tirón los pañuelos que sellaban la rendija de la ventanilla del conductor y bajó cuatro dedos el cristal a base de fuerza bruta.
–Oiga, señor mío, nosotros no tenemos licencia para suicidios. Este lugar es halal. Kosher, ¿comprende? Si quiere morir aquí, tendremos que desangrarlo bien.

Dientes Blancos, Zadie Smith. Salamandra. 19,50€


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