Posts Tagged 'periferica'

si alguien quiere darte un disgusto, no lo cojas.

Luego, después de haber caminado durante al menos una hora, habíamos ido a parar a un campo, a doscientos o trescientos metros de unos edificios en construcción, donde nos habíamos besado y habíamos estado rodando por la hierba, hasta que yo, que padecía una fuerte alergia al polen, entre la emoción que me producía estar con ella, las flores que había entre la hierba y mi respiración agitada, había empezado a hincharme, y mi piel a jaspearse de un modo que daba asco verme, y a ahogarme a causa del asma, y así, de repente, mientras le decía que tenía que irme cuanto antes de aquel campo para no morir ahogado, nos dimos cuenta de que eran ya las cinco de la tarde, porque aquel día la luz era una verdadera locura y no se iba nunca, y lo cierto es que ninguno de los dos se hubiera podido imaginar nunca que habíamos estado seis o siete horas dándonos el lote.

Ugo Cornia, Sobre la felicidad a ultranza. Editorial Periférica.

der geldkomplex

Es imposible que haya bendición en un dinero ganado con sudor, éste tiene que odiarnos porque lo hemos llevado, tirándole de los cabellos, adonde quizá no quería ir; y viceversa: nosotros tenemos que odiarlo porque nos hemos matado a trabajar por conseguirlo, y porque seguimos estando llenos de rencor pensando en cómo nos hemos matado a trabajar. De hecho, el dinero siempre se está vengando, sea porque ya lo espera otra gente, sea porque lo gastamos, llevados por un primer impulso, en cosas sin sentido.

Franziska von Reventlow, “El complejo de dinero“. Periférica, 2010. 17€

confines

Ahora venía el sablazo. El señor Hache no podía ver burro sin que se le antojara viaje. El señor Hache sonreía y sonreía, pero no dejaba de ser un reptil en pantalones. Quién sabe cuál era la relación del duro éste con su madre. Sabía que no se hablaban, pero lo atribuía a soberbia de poderoso. Alguien le había chismeado que la Cora y él eran parientes, alguien más que tenían un disgusto atorado, sin embargo ella nunca había preguntado porque si la Cora no le había dicho por algo sería. Pero Makina podía sentir la mala obra flotando en el ámbito. Ahora venía el sablazo.

Yuri Herrera, Señales que precederán al fin del mundo, Periférica, 2009, 14€

llorar en una estación de tren (con ganas)

Hace años, yo deambulaba melancólica por calles mal iluminadas, anhelando dolorosamente algo, no sabía qué, intentando pasar inadvertida, con mi ropa sin gracia y mis tacones torcidos: subrepticia y sigilosa, esperaba atrapar ese algo por sorpresa. Pero era entonces tímida y asustadiza, y aunque esperaba, no hallaba la fe. Imaginaba un pájaro en la mano, no este mar salvaje que me sacude como a los restos de un naufragio.

El amor me posee, y no tengo alternativa. Cuando el Ford traquetea hasta la puerta, con cinco minutos (cinco años) de retraso, y él cruza el césped bajo los pimenteros, permanezco de pie detrás de las cortinas de gasa, incapaz de moverme para ir a su encuentro, o de hablar: estoy convirtiéndome en líquido para invadir cada uno de sus orificios en cuanto abra la puerta. Tenaz como un pájaro recién nacido, todo boca con su único deseo, cierro los ojos y tiemblo, esperando el paraíso: va a tocarme.


Elizabeth Smart, “En Grand Central Station me senté y lloréEditorial Periférica.


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